25 febrero 2011

UN CADÁVER EXQUISITO SOBRE ZOMBIS

Participa en este juego literario que te proponemos. Continúa la historia:

El viejo Coleman llevaba mucho tiempo inmóvil en su mecedora...

14 comentarios:

  1. Su sombrero de paja le tapaba parte de la cara, y la brizna de hierba que solía mascar se había caído de su boca abierta.

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  2. Una mosca verdosa volaba a su alrededor, se posaba en su frente, atusaba sus alas, emprendía el vuelo de nuevo brevemente y volvía a posarse cerca de la comisura de sus labios.

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  3. De repente, una vieja camioneta destartalada se acercó por el camino que llevaba al porche, rompiendo así el espeso silencio de aquella tarde estival.

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  4. Se detuvo junto al porche donde seguía inmóvil el anciano. Un pequeño felino saltó del remolque, parecía hambriento. Sus ojos se clavaron en el viejo Coleman...

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  5. Se acercó con cautela, olisqueando la densa atmósfera que rodeaba la figura. Su instinto le indicaba que en cualquier momento podría suceder algo, algo inesperado, algo funesto...

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  6. La puerta de la camioneta se abrió, y de ella salió Jack, un muchacho rubicundo y pecoso, hijo de la hermana de Coleman. El joven apartó al gato con el pie -"No le despiertes", dijo; "ve atrás a cazar ratones, que es lo tuyo"-, y cruzó el porche tratando de no hacer ruido.

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  7. - ¿Dónde crees que vas muchacho?
    - Lo siento tío, pensé que estabas dormido y no he querido despertarte.
    - Para eso tenías que haber tomado ejemplo de Longui. Como felino no tendrías ninguna oportunidad de supervivencia si hicieras tanto ruido
    - Bah, ya estamos. Ahora no tengo tiempo para eso.

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  8. cuando Debbie regreso del trabajo, la calle estaba tranquila y el tiempo, como siempre en Nueva Inglaterra era lluvioso, pero sin embargo la puerta estaba abierta

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  9. "El viejo Coleman llevaba mucho tiempo inmóvil en su mecedora. Era la víspera de su entierro y un sol espléndido de primavera anticipada parecía recordarle que, aunque se había suicidado con entusiasmo, la vida en este valle de lágrimas acaso no era tan absurda como lo había pensando cuando, dos días antes, se persignó y apretó el gatillo. Ahora, sentado en esta vieja mecedora de mimbre delante de su casa, escuchaba emocionado el ensayo de la ceremonia fúnebre. La misma mañana, tíos desconocidos, amigos y vecinos de simpatía repentina habían llenado la casa, removido el polvo, limpiado los cristales, arreglado el caos que ahí imperaba desde que el viejo solitario había enterrado a su mujer. Ahora se alzaba de la pieza vecina un De profundis clamavi, canto gregoriano que instauró un ambiente terminantemente luctuoso a la casa y a las caras.
    Coleman distinguía todo este alboroto y el crujir ritmado de la silla bajo su peso de muerto le daba casi la sensación de estar vivo, salvo que nadie le veía. Le llegaban el llanto de las flores en el jardín, los susurros de la tierra que esperaba acogerle como un viejo compañero. Disfrutaba del sol que le calentaba los pies muy fríos y las facciones cuajadas en la hermosura de la muerte. Si Coleman hubiera bajado la mirada hacia sus pies, hubiera visto que en vez de sus miembros inferiores tales como aún se los imaginaba, llevaba más bien una larga serpiente de humo que se retorcía a medida que la mirada subía hacia la parte superior del cuerpo. Afortunadamente, Coleman no lo veía: los muertos, principalmente los muertos por suicidio, tienen como castigo eterno la ceguera, además de la privación de sueño y la tregua del olvido que, uno de cada ochenta domingos, les permite acordarse durante veinte minutos de su vida sobre la tierra."

    M. M. M.

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  10. En todo esto pensaba el viejo Coleman durante las tardes de verano. Le encantaba fantasear sobre su vida y su muerte. Mientras, Debbie, su hermana pequeña y madre de Jack llegaba del trabajo. Coleman había entrado a la cocina a refrescar su gaznate con un buen trago de limonada.Debbie, se asustó al encontrar la puerta abierta. Y se asustó también al encontarse tirado en el suelo del salón un montón de...

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  11. cristales rotos. Era una tarde extraña, durante el trayecto en coche no vio a nadie y la radio no sintonizaba ninguna emisora, no habia ningun ruido molesto en el vecindario, y una agradable pero inquietante sensacion de soledad le invadio

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  12. Coleman tampoco había visto a nadie en todo el día. Aunque eso no era raro, porque pocos se acercaban en aquellos tiempos hasta las casas viejas de las afueras. Muy pocos cruzaban ya aquella carretera que sólo conducía al cementerio y a la ciénaga, sobre todo desde que las autoridades inauguraron la autopista, al otro lado del pueblo.

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  13. Pero si nadie había pasado por su porche, ¿cómo se había roto el cristal de la ventana del salón? Coleman no recordaba haber oído ruidos sospechosos durante la noche -a pesar de que afirmaba tener mejor oído que un coyote-. Pero no se preocupó tanto como Debbie. "Habrá sido un golpe de viento", decía con la mayor de las calmas, a pesar de que afuera no se movía ni una brizna de hierba.
    Su hermana y su sobrino no dijeron nada, pero ambos sospechaban que la ventana la habría roto el mismo viejo, quizá al trastabillarse por efecto del bourbon y de la edad. En efecto, no era raro que el viejo Coleman se pasase con la bebida últimamente. Sobre todo desde la muerte de su mujer.

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  14. En todo el contorno muchos murmuraban por las raras costumbres de los Coleman. Pocos entendieron que Debbie no le hubiera quitado de la cabeza a su viejo hermano la idea de enterrar a su mujer en el jardín -algo extraño en la zona, donde no había esa costumbre, y más viviendo tan cerca del cementerio-. Tampoco entendían que el anciano ya no visitase la iglesia. Ni que fuera a todas partes llevando consigo su escopeta, como si hubiese algo desconocido de lo que pensase que tenía que protegerse.
    - La llevo para no necesitarla - solía decir socarronamente. Pero su sonrisa producía una impresión de trastorno que no facilitaba mucho el trato con sus vecinos.
    Así, poco a poco, la casa del viejo Coleman se había quedado aislada del pueblo. Y aquella tarde sólo parecía una especialmente solitaria, que a penas sí llamaba la antención de Jack o de su madre. Acudían los dos con frecuencia a la casa, aunque no vivían allí. Cuidaban de su tío con carño y con gusto, aunque los dos evitaban pasar por el lúgubre túmulo de la parte trasera del jardín.

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